Cuento

Concurso de cuentos #fotocuento – Semana 13- En la ruta

La foto pertenece a @rahesi

El autobús trepaba con esfuerzo a través de desfiladeros, en medio rocas y  piedra que formaban esas montañas donde sólo subsistían el cactus y la arcilla aferrándose a su suelo yerto. Las enormes formaciones rocosas sobresalían de su base como un alero, que unos años después durante una temporada inusual de lluvias cedería agobiado por el peso del lodo sepultando bajo toneladas de rocas un par de autos y una decena de personas, pendían como sí una mano férrea la hubiera cortado con un tajo vertical. A través de la ventanilla la visión de unos débiles rayos teñían de claridad esas cumbres coronadas de blanco, luego de atravesar un torbellino de nubes que colgaban del cielo como enormes motas de algodón.

Al cabo de cien vueltas, subiendo a través de ese páramo, el vehículo por fin, luego de una curva, empezó el descenso hacía la zona de los valles. Ahí donde  la respiración volvía a su ritmo habitual, y el aire entraba a los pulmones sin esa densidad agobiante que los viajeros llaman mal de altura. Los marrones y grises cambiaron a diferentes tonalidades de verde, una vegetación agreste traducida en incipientes árboles al borde de un río cuya corriente, al choque con las piedras de su lecho, producía un bramido interminable . De cuando en cuando se mostraba la tierra labrada recientemente, y a lo lejos esas casas características de la zona,  construcciones de un solo piso con sus paredes de adobe al descubierto y el techo a dos aguas.

Ya era tarde cuando el autobús entró al pueblo, atrás aún se podía ver la silueta de las montañas que horas antes acabábamos de atravesar. El conductor nos permitió bajar a comer algo y estirar las piernas que luego de tanto tiempo de permanecer en la misma posición estaban entumecidas. Se sentía bien poder caminar por esas calles sin asfalto. A los pocos metros llegamos a un lugar abierto, donde algunas bancas colocadas alrededor de pequeños senderos de tierra franqueados por cúmulos de hierba donde crecían esas flores amarillas, silvestres y minúsculas, conformaban el centro de aquel pueblo. Compramos algo de fruta, pues fue todo lo que pudimos conseguir.
El resto del camino lo hice dormido. Desperté cuando la oscuridad era cortada por los faros de los autos y el ruido de la ciudad. Una ciudad que se sumergía en esa vorágine que empezaba a detestar.

 

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