Cuento

Una pausa ( cuento corto )

 

Imagen de Pixabay

Tener una ubicación privilegiada me ha convertido en testigo y cómplice involuntario. Habito un pequeño cuarto en el tercer piso de una casona, cuyas ventanas dan hacía el río que atraviesa la ciudad de un extremo al otro. Es una construcción antigua, de esas que invitan al romance, y porque no, también a la nostalgia. En cuanto al río es poco lo que puedo decir de él, salvo que no es lo suficientemente ancho como para ser navegable, ni tampoco tan estrecho como para que alguien, dentro de sus cabales, se aventure a atravesarlo.

Pero el paseo que bordea el río es otra cosa. Es una zona de la ciudad muy poco frecuentada, tal vez por lo apartada que se encuentra del centro, o por la hilera de árboles de anchos y rugosos troncos que la ocultan parcialmente a la vista. Suelen visitarla personajes solitarios y parejas que buscan la soledad para  dar rienda suelta a la expresión de su amor. Entre dichos personajes, hay uno que destaca por la puntualidad de reloj con que realiza su paseo. Siempre a la misma hora aparece por la esquina con un viejo sobretodo largo, y un bastón de madera, caminando con paso cansado y un halo de tristeza que da pena verlo.

Un buen día apareció acompañado. Una mujer un poco más joven que él, iba prendida de su brazo. La escena se repitió unas semanas, siempre a la misma hora. En sus ademanes pude notar que disfrutaban de la conversación y de la compañía mutua. El anciano había cambiado su semblante adusto y triste. Caminaba más erguido y parecía como sí le hubieran quitado  diez años de encima.

Fuente

Digo que duró unas semanas porque de pronto no acudieron más. Me pareció extraño esa ausencia, pues la puntualidad y rigurosidad del metódico paseo era una característica de ellos.

Luego de unos días apareció de nuevo tras la  esquina habitual . Llevaba un abrigo negro en vez del sobretodo, y una flor roja en el pecho. Pero esta vez iba sólo. Caminaba arrastrando los pies como sí de pronto un gran peso lo agobiara. y el aire de tristeza que lo seguía al principio se había agudizado. De su bastón colgaba un listón negro que ondeaba al viento, que de cuando en cuando el viejo acariciaba como sí temiera que saliera volando empujado por el viento.

 

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